domingo, 30 de noviembre de 2008

50 GRANDES (NO) ÉXITOS DE JUAN JAVIER SALAZAR

(Y UNA CANCIÓN DESESPERADA)
El magma continúa

POR: César Ángeles L.

Pero la exposición se componía de dos niveles en el Centro “Ricardo Palma”. En el primero, se desplegó una mordaz ironía sobre la moneda peruana, el sol, y el “banco de oro” donde, parafraseando el dicho popular instaurado por Raymondi, este país-mendigo sigue detenido en sus viejos problemas. Reconvertidos billetes que ofrecían el tiempo a cambio, en vez de comprarlo: “Por fin, algo mejor que el dinero” se leía en ellos. Se trataba de billetes impresos de 12 horas, de 6 horas, de 31 soles (que dan un mes), de 7 soles (que dan una semana), todo con el sello del “Banco de Oro del Perú”. Billetes multiplicados con mapas del país danzando en torno a un banco, y de variados tamaños, que cualquiera podía tomar de una mesa. Una vez más, el ajeno Perú en nuestras manos, el verdadero valor del tiempo, la vida, el sol, por fin liberados contra el oro violentamente secuestrado en los bancos. TIME IST MONEY reza, después de todo, el dicho antipopular capitalista por excelencia.

Al lado, una gran pantalla donde se sucedían tres videos de Salazar mostrando su faceta más agit pop, vanguardista, exponiendo el arte en la calle misma, entre su masa humana. El primero, “Perú Express”, y la perfomance durante cada fiesta patria cuando sube a los transportes públicos de la Vía Expresa ofreciendo su Perú en formato de cojín “para que por primera vez tengas, amigo, amiga, el Perú en tus manos, ...viene con su Chile de yapa”. O también, otro video de cuando se cubrió el gris monumento a Francisco Pizarro con una gran tela pintada de piedras incaicas, con la mitología adicional que un año después ese monumento hispanista efectivamente desapareció de la Plaza de Armas. Y uno nuevo, “NadaAndo”, mezcla de humor e ironía acerca del mercado de arte en este país y el lugar del “artista culto”, donde hacia el final aparece el artista deambulando entre el terminal pesquero, los pelícanos torpes en la orilla y las aguas del mar Pacífico, o entre las calles caminando, nadaAndo, nada haciendo ni asiendo sino sumergiendo los pasos entre imágenes cotidianas con múltiples significados por revelar. Este tercer video tuvo, en el nivel inferior del edificio, un recargado boceto donde se leía también ciertas preguntas claves, “las viejas preguntas” como luego enunciará la propia voz en off del protagonista: “¿De dónde venimos?, ¿Quiénes somos?, ¿Adónde vamos?”. Preguntas universalmente válidas que expresan la dimensión filosófica y política que anima la obra de Salazar.

El primer piso de la exposición ya me había puesto de buen humor, y lo que venía a continuación solo confirmó que en su plena madurez Juan Javier prosigue su camino de develar algunas claves mágicas, a la vez que muy conscientemente, para abrir esta realidad en sus zonas más álgidas, con la voluntad de cambiarle el color, la piel y sobre todo el humor. Hace tiempo no recorría una exposición de arte riéndome en cada tramo, cómplice con el autor de estas piezas. Como dije en mi citado artículo sobre Juan Javier Salazar, se trata de una labor de visionario y sanador, con particulares connotaciones utópicas, un socialismo mágico a la peruana.

Hace años que vive retirado en Cieneguilla, sierra de Lima, donde carece de electricidad y demás ventajas de las llamadas tecnologías modernas. Aun así va logrando plasmar una obra precisa que crece y crece, árbol fértil con muchos frutos vitales y diversos. Se trata de una sencillez cultivada, y poner el arte y sus preguntas esenciales (¿Qué arte hacer? ¿Para quién? ¿Desde dónde? ¿Hacia dónde?) al alcance de todos o casi todos. El pueblo llano que visitó esta muestra se habrá sentido correspondido con un amor llano sin computadora, propiciándose el contacto directo con uno de los caminos más originales, refrescantes y cuestionadores de las últimas décadas en el quehacer plástico del Perú y América Latina. En esta madurez creativa, plena de humor e ideas siempre nuevas y cáusticas, Salazar teje con cuidado, cada vez más atento a sus acabados entre arte, artesano y diseño industrial (en el cual es también un pionero entre nosotros), tratando de no confundir el borde delicado entre una obra de carácter popular y otra más bien populista. Lo salva de esto último la declarada y militante voluntad de no erguirse como caudillo de nada, sino simplemente de escuchar los latidos y vivencias de quienes habitan esta historia contemporánea, y su insobornable convicción de que el Perú ha iniciado su andadura desde hace muchos siglos, y que el silencio de sus paisajes y sus hombres encierra tantos secretos dignos y urgentes de revelar.[2]

¿QUO VADIS Juan Javier?

Aquí empezaba a desplegarse la alegre imaginería de Salazar en el primer cómic o sábana que alumbra esta muestra. Y me preguntaba si el mote de “artista de culto” que un conocido crítico local le ha chantado le hace justicia.[3] Suena elitista, a secta. Pero Juan Javier es todo menos eso. Como él escribió en ese cuadro donde recrea una parte de la bahía limeña con espárrago en el frontis (que representa a él mismo), se trata más bien de “hombre culto, desea mujer oculta”. Es decir, un hombre hecho o cultivado por tierra, piedritas, raíces, olores, voces humanas y animales que pueblan su imaginación y que lo acercan al común de nosotros provocándonos el efecto de que cualquiera podría ser artista con solo proponérselo, con solo expresar lo más secreto y poderoso que nos habita. Porque el trazo de Juan Javier es adrede no exquisito, sino que parece convocarnos a (re)hacer su obra entre todos, en suerte de comunicación interactiva. Por eso, siempre cuando realiza una exposición dan ganas de pasearla, de tocar sus objetos, de desplazarse entre sus esquinas, de echarse simplemente en el suelo y disfrutar sus videos, o cada una de sus piezas. Además, los ingredientes de su cocina creativa aparecen tan a la mano como el tripley, el barro, la madera, el graffiti, y así un sinfín de materiales reciclados (lo que, por ejemplo, también se hace evidente al inicio del video “NadaAndo”, cuando él mismo se desmorona a punta de golpes de su pareja en una casa, y le cae una cerámica en la cabeza, mientras aparece en la pantalla, en clave humorística: “Juan Javier Salazar: $ 50”, que contrasta notablemente con el precio exorbitante de otras obras y otros artistas del mercado local también citados en esta película), lo que vuelve todo aun más próximo, cercano.

¿Artista de culto u artista oculto? Cada vez menos oculto y más apreciado, más entrometido con cada uno de nosotros, en todo caso. Uno de los pocos en que al parecer el país, sus diversos sujetos y temas mayoritarios, van confluyendo por ósmosis y afecto en la imaginería heterogénea de este apreciado creador, donde la historia individual y colectiva se van felizmente dando la mano, sin mayores colisiones. ¿Cuál es el secreto para todo ello? Las antenas alertas del propio artista, su sencillez y reconocimiento de que el arte no debe estar en un pedestal (ni menos en ningún banco, de marfil ni de oro) sino más bien en los intersticios de la realidad donde opera de muchas formas. Una clara conciencia, además, de la función regenerativa y sanadora del proceso y el hecho creador en sí mismo. De ahí también la ironía en ese cuadro que representa la mesa y el taller del artista, donde un gran letrero nos advierte que “Toda consulta se paga”, dando además en el clavo de no haber hecho fortuna con su obra a pesar de tantos aciertos que seguirán, de seguro, multiplicándose. En efecto, “50 grandes (no) éxitos”.[4]

La pieza mayor de este recorrido (a pie, en carretilla o microbús) fue el conjunto de dibujos “Óscar a la mejor resurrección” (que según me informó el propio Juan Javier fue comprado por el MALI en su totalidad, símbolo de la aceptación que va teniendo en el nivel más estándar del mercado plástico local: algo llamativo, que definitivamente le dará mayor colchón financiero para su labor, a la vez que algo a tener muy en cuenta por sus antenas para no dejarse secuestrar por el canon ni por la común usura en el mercado de las artes plásticas. Por suerte, ya está maduro para caer en ello, y él mismo ha confesado que tiene una pareja ayacuchana que lo retorna a la realidad con facilidad cuando su ego se dispara (Entrevista a Juan Javier Salazar, por Gonzalo Galarza: El Comercio, 1 de noviembre, 2008). En esta secuencia, un hombre ebrio conduce un auto, y mientras piensa que “ya no hay lugar para la inocencia, los políticos son ladrones, los militares asesinos, los curas maricones, los artistas drogadictos” (el trazo caprichoso de las oraciones va confluye con las imágenes de la historia) se va durmiendo a lo largo y ancho de la autopista (que recuerda el camino desértico, con montañas solitarias, a Cieneguilla: morada del artista, such a mountain), “En recta interminable de bajada a la ciudad tu cuerpo cayó sobre el volante manteniendo la rectitud en la recta y tus pies fueron muriendo como un ladrillo en el acelerador”. Llegando a la curva del precipicio, ya muerto el conductor por un infarto, el auto cae “Y te diste el lujo de volar por el aire adentro del carro 4,5 segundos interminables”. Entonces, la caída reactiva su corazón, aunque las costillas acuchillen sus órganos. Seis meses después, en el hospital, “P a s a e l p o t o e m p a q u e t a d o d e u n a e n f e r m e r a” y Óscar revive por milagro de eros (lo que suele ser una tautología: religión y erotismo, mística y sexualidad), entre explosiones de júbilo que los trazos del cómic ilustran bien. El ritmo del corazón del protagonista se recupera cerrando en un cuadro o toma final: “Si tu corazón está bien lo demás ya se irá arreglando”, que resuena como lección de vida, tanto para la historia individual como para la colectiva, en medio de accidentes y caídas. Pero entre ese recorrido individual se ofrece, además, un gran cuadro que se abre como retablo y muestra la recreación plástica de una noticia periodística: el choque entre un autobús interprovincial (“Transportes Aparicio”) y un camión frigorífico con peces, pulpos, pota y la noticia contundente “26 heridos, ni un muerto”.

En la recreación de esta secuencia, en historieta macro, ese cuadro presenta entre sus restos a personajes afines correlativos con el viejo poder en el Perú, que emergen intactos entre la catástrofe, oscuros y sardónicos: el cura Juan Luis Cipriani, Magaly Medina, Fujimori, Toledo, Gisela Valcárcel, otorgando una evidente dimensión macro y nacional al accidente de este recorrido entonces ya no tan individual, solitario ni inocente. A la fauna anterior se mezcla los propios animales muertos del camión frigorífico, más unas gallinitas que dan como sonoridad de corral a la escena, y varios hombres y mujeres anónimos que efectivamente conforman un retablo de la violencia, una visión herida y ensangrentada de este viaje hacia el vacío. El que tiene sin embargo una resurrección en Óscar vía el erotismo y la sencillez de vivir, que también es una metáfora de la propia trayectoria de Salazar. Al centro de todo, se autorepresenta el artista herido, arrojado entre sus pinceles y bastidores desparramados por toda la escena, en libre recreación del clásico óleo “El entierro del Conde de Orgaz”, de El Greco, donde la vida y la muerte son protagonistas de la condición humana en perenne agonía. Claro, en la versión Salazar, ello cobra dimensiones políticas y realistas referencias a la historia peruana, quizá representada por una suerte de fantasma junto al artista: la aparición o “Aparicio”.

Esta secuencia es en verdad una rica crónica visual que merecidamente han celebrado quienes asistieron a la reciente exposición de Juan Javier Salazar, al punto de haber sido adquirida, como queda dicho, por el museo más activo de estos tiempos entre nosotros: el MALI. Aquí se ha intersectado el túnel del amor con el tren fantasma: la resurrección viable y urgente con la ruta accidentada, sus víctimas, en la carretera real e imaginaria (parodia de la cotidianidad limeña y peruana, con un tránsito tan bestializado como las propias coordenadas del poder que se ha montado en el Perú desde la conquista europea, sembrando ignorancia y muerte hacia abajo, desordenando los caminos). Por lo demás, este trabajo gráfico evoca su breve película “Parece que va a llover”, donde un taxista estrella su vehículo cargado de rosas contra el monumento a Miguel Grau, en plena celebración de fiestas patrias.

La tercera y última secuencia cómic apenas quedó anunciada, y probablemente dé lugar a desarrollos ulteriores en el incesante magma creador de Salazar. Se trata de la recreación (reencarnación) de la historia de San Martín de Porres y el milagro de unir a perro, pericote y gato (malvado gato). No es jalado de los pelos ver a este San Martín negro, popular, como contradictor del General San Martín, criollo, blanco, extranjero y libertador del Imperio español. Es decir, la República criolla, que tanto traicionó sus propios postulados emancipadores de supuesta modernidad, frente a la trayectoria misma del pueblo y sus íconos heroicos. La racionalidad burguesa pero falseadora, mentirosa, frente a la irracionalidad, la fe o anhelo popular arrinconados en los milagros, para solucionar de alguna manera antiguos problemas de una historia vieja. De ahí que un segmento de este cómic muestre en una mesa a tres personas, cada una abrazada respectivamente a los tres animales (con pericotes multiplicados): reencarnación humanizada de la fábula fraymartiniana en la realidad enfrentada de este país. Y el santo se halla de espaldas, apenas visible, como conviene a su condición de milagrero.

En fin, la exposición se cerró con trabajos de cerámica, algunos ya conocidos como los huacos falsos diseñados en latas de cerveza cuzqueña que Salazar enterró para estafar a los arqueólogos y huaqueros de este país poco o nada memorioso, así como trabajos más recientes (en verdad, esta muestra reúne obras y piezas de los últimos cuatro meses, como me dijo el propio Juan Javier). Por ejemplo, de la serie “Ex novia rodeada de los perros de mis amigos”, que recrea una historia real del propio autor a partir de una ex pareja de senos exuberantes, y que cuando hubo la separación cayeron sobre ella varios de sus amigos para seducirla. Pequeñas esculturas también surcadas por el humor, con una mujer desnuda sobre un pedestal, con perros debajo ladrando por ella, o dos senos sobre el pedestal y un perro admirándolos goloso, o al fin un solo perro panza arriba sobre el pedestal y ninguna novia (quizá ya devorada). Entre los macro dibujos pegados en algunas paredes y columnas de la galería miraflorina, de arenales, carreteras, un fragmento de la bahía limeña, y otro gran retablo del choque entre el autobús interprovincial y el camión frigorífico, se lucía una cerámica-macetero donde solo aparecen las piernas flexionadas de un hombre con botines, pegadas a dos piernas desnudas y erguidas de una mujer con tacos, lo que invitaba al espectador a imaginar qué hubo allí donde apenas quedan restos del acto, solo el aro luminoso o el espíritu de un pasión carnal que voló al pasado dejando la estela de su consumación carnal. Esta cerámica en verdad reactiva una antigua anécdota en el taller Huayco E.P.S., cuando luego de una juerga Salazar descubrió, al día siguiente, que sobre una plancha de cemento fresca quedaron grabadas las huellas de sus rodillas y de los zapatos de una mujer, recordándole que algo había ocurrido allí aunque no recordaba bien qué. Así, en un boceto exhibido de ese hecho se lee “aro luminoso que contiene a dos ex amantes”: un trabajo que encierre el espíritu (de la pasión amorosa).

LA CANCIÓN DESESPERADA

En breve, Juan Javier Salazar asistirá a sendos talleres y muestras artísticas en Colombia y Berlín, donde ha sido invitado.[5] Al parecer, todo va marchando positivamente para su camino, como me dijo mientras recorríamos su reciente muestra aquí comentada. Lo decía con cierta sonrisa en el rostro, como reconociendo que todo retorna, que si uno hace las cosas con convicción, compromiso y pasión el mundo todo gira a nuestro favor, de un modo o de otro. Luego de casi 20 años, acaba de volver a Europa, donde viajó invitado a un workshop internacional en Liverpool, la mítica ciudad ombligo de la beatlemanía. De esa experiencia, los talleres compartidos, la calle y la fiesta en esa ciudad inglesa, también me resume algunas anécdotas e historias que resuenan en su mente. Algo largo de contar, pero que son otros signos del buen momento por el que surca este creador nadador navegante con quien una revista como Intermezzo Tropical y quienes la hacemos (y distribuimos, leemos, consolidamos, debatimos) sentimos orgánicamente unido, como un antiguo amigo en el camino de hacer de esta vida y este mundo un mejor lugar para vivir. Donde llueva y nos llueva, hasta las últimas consecuencias. Cuando seamos muchos, más aun que ahora, sin que ya nadie nos venda como harina de pescado, por siglos y siglos.


[1] “Una de las cosas de esta última exposición [en la galería Parafernalia] que más me llamó la atención fue la escalera que hice, porque poco a poco me he ido dando cuenta que casi es la misma situación que la del cuadro de Leonardo da Vinci sobre San Juan, que él pintó poco antes de morir. Era una especie de rendición graciosa porque Leonardo tenía un montón de problemas, le debía a todo el mundo y entonces hizo ese cuadro de San Juan Bautista que tiene un dedo señalando arriba, y una sonrisita parecida a la de la Monalisa. Para mí, la escalera es eso”. (Juan Javier Salazar/ Una introducción al arte del anonimato. Entrevista de José Medina, en Motivos 38: Lima, 1995).
[2] “Los occidentales pensaron que el mundo era plano y después descubrieron América y creyeron que era redondo, pero en realidad tiene la tendencia a aplanarse, lo están volviendo plano de nuevo, hay un mass-media brutal, demasiada gente, y el resultado es una mediocridad espantosa. Esa es la diferencia entre una vida blanda y una vida dura; siempre será mejor una vida dura” (Juan Javier Salazar, entrevista con José Medina).
[3] Luis Lama, en Caretas 2050.
[4] Por cierto, nada de lo dicho contradice sino que más bien sitúa de modo más activamente transformador y social lo que ha observado, por ejemplo, Emilio Tarazona a propósito de la mencionada retrospectiva de Salazar que curó en Pancho Fierro: “...es indudable que Salazar ha dejado estela nítida. Según Tarazona, la obra de Salazar representa un clásico del arte contemporáneo peruano. Sus actitudes, sus búsquedas, sus acciones y sus obras específicas han abierto brechas y han señalado rutas, por eso tantos artistas en los últimos años han trabajado, como lo hizo primero Salazar, la caracterización de la República... llevando [inclusive] la caricatura al terreno de la historieta” (“Milagros y bromas/ Juan Javier Salazar y el arte político”, Diego Otero, supl. El Dominical de El Comercio: 09 de abril de 2006).
[5] Este texto fue escrito a principios de noviembre del presente año. Al momento de su publicación, él ya se encuentra en Cali, Colombia.

Seguidores

Acerca de mí

Mi foto
Intermezzo Tropical es una revista de investigación dedicada a temas de cultura y política, pero también es un colectivo y una editorial. Desde su fundación, IT se ha propuesto ser un espacio de debate y discusión para sumar fuerzas contra el autoritarismo y las viejas prácticas antidemocráticas de los grupos dominantes en el Perú. El proyecto busca propiciar la investigación de fenómenos de transformación social desde un enfoque cultural y literario. Así los temas que nos preocupan están vinculados a la vanguardia latinoamericana, las relaciones entre política y cultura, cuerpo y género, y recientemente literatura y migración.